miércoles, 21 de julio de 2021

Un poco de historia (XCIV)

De villa a ciudad (I)

Corría el 5 de agosto de 1748 cuando a la Plaza de la villa empezaron a llegar todo tipo de gentes, desde señores de alto rango, a artesanos, molineros, pescadores, calafates, mercaderes, panaderos, mareantes, etc. También acudían monjes, soldados y marineros. Todos acudían a la convocatoria del Alcalde Mayor, don Pedro Buenaventura, para otorgar poder a don Juan Jove Muñiz, Magistral del Ilustre Cabildo eclesiástico, para que, junto al poder que ya tenía concedido por las villas y valles de la comprensión del Bastón de las Montañas y Peñas Abajo del Mar continuara con sus gestiones ante el rey Fernando VI solicitando la erección del Obispado de Santander.

Además, en la Corte de Fernando VI tenían gran influencia dos montañeses de pura cepa, el jesuita Padre Rábago, confesor y consejero del Rey, y Juan de Isla y Alvear, importante empresario y constructor naval. Los tres encontraron en el Rey una gran disposición para tratar de dicho asunto.

Juan de Isla y Alvear
Padre Francisco Rávago y Noriega

Todos los asistentes se reunieron en la Sala Capitular del Ayuntamiento, presidida por un testero con un retrato de cuerpo entero del Rey. Después de muchas discusiones y llegar a acuerdos, el escribano redactó la resolución aprobada: "[…] acordaron dar y dieron toda su autoridad y plena facultad a dichos señores Justicia y Regimiento de esta villa, para que por sí mismos y a nombre de los que presentes se hallan, vecinos de ella y de su jurisdicción, puedan otorgar el referido poder en favor del citado doctor don Juan Jove […]". El acuerdo, que fue muy bien acogido por todos los presentes en la plaza, dio paso a unas gestiones que durarían unos años y terminarían con la resolución pontificia en la que se erigía a Santander como cabeza de Obispado, paso previo para que la villa fuera nombrada ciudad.

En el Ayuntamiento se recibió carta de don Juan Jove contando que S.S. Benedicto XIV, mediante una Bula, erigía en Catedral la iglesia colegial y que el Rey condecoraría a la villa con el título de ciudad. El 21 de enero de 1755, en una sesión memorable, el escribano Antonio Somonte extendió el acta con el acuerdo adoptado tras recibir tan buenas noticias, "cuyas especiales gracias, además de lo que autorizan e ilustran a esta citada villa, ceden en muy particular beneficio espiritual y temporal de todos sus vecinos y naturales, por los que las rinden y tributan a la Magestad Divina que con su alta, incomprensible e infinita Providencia, ha sido servido proporcionar tan apreciable favor sin el menor costo ni dispendio de esta expresada villa y país. Y para expresar en lo posible su rendido agradecimiento al soberano autor de esta, al parecer, maravilla, acordaron deber asistir todos por Cuerpo de Ayuntamiento a dicha iglesia colegial a hallarse presentes con velas encendidas al Tedeum Laudamus y Misa solemne que en acción de gracias se celebrará en ella por los individuos de su Cabildo eclesiástico. Y que en las tres noches próximas se enciendan luminarias en toda la villa y se hagan todas aquellas honestas festivas demostraciones que permita el tiempo y sean proporcionadas a unos corazones reconocidos y obligados a tan soberano beneficio... Y que para perpetuar memoria y eterno monumento de tan especiales favores del Cielo, se haga una lápida de la materia más sólida y permanente en el sitio más propio de estas Casas Consistoriales, grabando en ella la inscripción correspondiente a que en la posteridad y siglos venideros conste el tiempo en que se consiguieron y el particular bienhechor que con tanto esmero se dedicó a facilitarlos".

Firmaron el acuerdo José Pérez de Cosío Noriega, marqués de Conquista Real, don Pedro de Abarca Calderón, don Fernando A. de Bustamante Revello, don Agustín Navarrete, don José Campuzano y don Bartolomé Pedrajo.

Cuando los vecinos de Santander se enteraron de la buena nueva se congregaron en la plaza para dar vítores y aplausos. Cada resolución del Ayuntamiento era acogida con murmullos de aprobación. Una de ellas recogía que se podía disponer de los fondos necesarios para celebrarlo con los correspondientes festejos, aunque hubo que esperar a la primavera ya que el mes de enero no era el más adecuado para celebraciones al aire libre.

Sin embargo, la ya ciudad dio muestras de austeridad al suspender los festejos por ser "dispendio oneroso a las arcas del común, ya que sería mucho más útil y acepto a los ojos de Dios que dichos caudales se invirtiesen en obras piadosas", como así se hizo.

En el mes de julio se recibió la carta del rey Fernando VI, fechada el 29 de junio, que confirmaba el Decreto del 9 de enero de ese año por el que concedía a Santander el título de Ciudad.

En los días siguientes don Joaquín de Olivares, natural de Santander, marqués de Villacastel, gentilhombre de cámara y mayordomo de semana del Rey fue comisionado para dar las gracias al Rey "haciéndole las más atentas expresiones de fidelidad profunda y rendido agradecimiento a la citada gracia real".


Un poco de historia (XCV). De villa a ciudad (II)
Un poco de historia (XCIII). El castillo de San Felipe


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