miércoles, 14 de agosto de 2019

Arqueología urbana (III)

Estoy seguro de que habéis pasado junto a ellos muchas veces y no los habéis visto. Son dos, separados entre sí dos kilómetros, y están en la acera sur del paseo del General Dávila. Son dos mojones que indican puntos kilométricos de cuando el paseo tenía la categoría de Carretera y, como tal, tenía indicadores de kilómetros. Por raro que parezca, se encuentran en bastante buen estado de conservación.

El primero está situado junto al muro de la finca Las Carolinas e indica el kilómetro 4.


El otro mojón, situado a dos kilómetros de distancia, está junto a la entrada del Hospital de Santa Clotilde e indica el kilómetro 6.




Arqueología urbana (II)


viernes, 2 de agosto de 2019

Arqueología urbana (II)

Siguiendo el consejo de Álvaro, un seguidor del Blog, que dejó un comentario en el anterior artículo, voy a dedicar una serie a los objetos, adornos, etc., que podemos ver en las calles y que han sobrevivido al tiempo y, en la mayoría de los casos, han perdido la función para la que fueron creados: un viejo poste que ya no sostiene ningún tendido eléctrico, el letrero de un comercio que cerró hace muchos años y que aún sigue en la fachada pese a haber un nuevo comercio en el local, la vieja placa con el nombre de una calle que no ha sido reemplazada por una nueva, elementos de todo tipo incrustados en fachadas que aún siguen ahí pese a las reformas de las fachadas, etc., etc.

Si en el artículo anterior muestro un viejo altavoz que aún se puede ver en una fachada de la calle Isabel II empleado en los años 60-70 para animar la calle, sobre todo en Navidad, en los años 80-90 los comerciantes de la calle San Francisco también pusieron altavoces para animar la calle y aún es posible ver seis de esos altavoces que callaron hace muchos años.




El primero de ellos está en el primer tramo de la calle, cerca de la esquina con la calle Lealtad. El siguiente está entre las calles Lealtad y del Puente, y los cuatro últimos están entre la calle del Puente y la plaza de Velarde (Porticada).




miércoles, 10 de julio de 2019

Aniversario olvidado

Todos conocemos la historia del "Yellow Bird", el avión que, el 14 de junio de 1929, tuvo que aterrizar de emergencia en la playa de Oyambre por falta de combustible (debido a la presencia de un polizón en el avión) en su viaje sin escalas de Estados Unidos a París. Todos los años se recuerda el acontecimiento, incluso hay un monumento conmemorativo en la playa.

También hace 90 años, el 9 de julio de 1929, otro avión, el "Path Finder", intentando llegar a Roma sin escalas desde Estados Unidos, tuvo que aterrizar de emergencia en el aeródromo de La Albericia también por falta de combustible (debido a un mal cálculo y a tormentas durante el vuelo). Sin embargo, nadie ni nada (monumento, placa, etc.) recuerda este hecho.

En los inicios de la aviación dos importantes acontecimientos similares ocurren con unos días de diferencia, a poca distancia entre sí y, sin embargo, sólo es recordado uno de ellos. ¿Por qué?



martes, 2 de julio de 2019

Arqueología urbana (I)

Cuando uno pasea por las calles de la ciudad, además de ver bonitas fachadas restauradas, rincones que no conocía, etc., etc., también puede encontrarse con sorpresas inesperadas que, muchas veces, están a la vista pero no reparamos en ellas. En este artículo voy a mostrar algunas de esas curiosidades que me ha parecido interesante enseñaros y que espero que os gusten.

En muchas fotos antiguas de Santander de los años 60-70 se pueden ver semáforos y, si la foto es a color, se ve que antes los semáforos eran blancos y rojos, estaban rematados por un pequeño adorno y tenían postes acanalados de hierro, como se puede ver en la siguiente foto.


Pues bien, aunque han pasado más de 40 años y los semáforos han sido renovados varias veces en ese tiempo, aún hay, al menos, tres de esos viejos postes de hierro acanalados en uso, y están en pleno centro de la ciudad.

Los podéis ver en las siguientes fotos. El primero de ellos está en calle Jesús de Monasterio, a la entrada del túnel, junto a la sucursal de CaixaBank. El segundo está en la esquina de la calle Isabel II con la avenida de Calvo Sotelo, junto a la sede de la Seguridad Social. El tercero está en la esquina de la calle Lealtad con la avenida de Calvo Sotelo, junto al local donde hasta no hace mucho estuvo el comercio Springfield.


La otra curiosidad que quiero mostraros está en la calle Isabel II, en una fachada cerca de la esquina con la calle Cádiz, a la altura del paso de peatones.

Hace muchos años los comerciantes de la calle, para animar las fiestas, y sobre todo la Navidad, pusieron unos altavoces en las fachadas de las casas por los que emitían música. Eran unos pequeños altavoces de caja metálica cuadrada. Cuando dejaron de poner música y los altavoces quedaron sin uso, poco a poco los fueron quitando a medida que se iban cambiando y arreglando las fachadas. Sin embargo, hay uno que aún sigue en su sitio, aunque está pintado como la fachada. Está en la pared, sobre la cristalera de la cafetería que está en la esquina. Hay que fijarse para verlo. Lleva muchos años sin uso, pero ahí sigue.




Arqueología urbana (II)


domingo, 30 de junio de 2019

Refugios antiaéreos (X)

En la edición de ayer de El Diario Montañés viene publicado un artículo muy interesante sobre un refugio antiaéreo que ha sido descubierto durante las obras que se están realizando en las naves de Gamazo que van a ser sede de la Fundación Enaire, situadas cerca del Palacio de Festivales.

Al parecer se ha encontrado el acceso occidental de un túnel que atraviesa todo el promontorio de San Martín y que tendría una capacidad de hasta 400 personas e instalación eléctrica.

Creo que, además de conservarlo y restaurarlo en la medida de lo posible, estaría bien que una vez terminadas las obras habilitaran un acceso para, al menos, poder ver la boca de entrada al refugio.



domingo, 16 de junio de 2019

Arte en las fachadas (VII)

En el artículo de hoy no voy a mostrar ninguna pared, fachada, etc., decorada con algún artístico mural, sino todo lo contrario. Hoy voy a mostrar una fachada recién pintada, una fachada, en la calle Castilla, que hasta hace no muchos días lucía un mural pintado por Okuda. Al pintar toda la fachada han borrado el mural y me pregunto si la van a dejar así o van a pintar un nuevo mural.

Mural de Okuda
Estado actual de la fachada

Quiero dar las gracias a José Manuel Nieto por informarme de este hecho, pues yo no lo sabía.




miércoles, 22 de mayo de 2019

Un poco de historia (LXXIX)

El Voto de San Matías

En el siglo XIV empezó a extenderse la peste negra por Europa, especialmente por Francia, Alemania, Flandes y las Islas Británicas. Fue traída a Europa por las pulgas que venían en las pieles procedentes de Asia y que eran portadoras del bacilo Yersin (Pasteurela pestis). Las pulgas pasaron a las ratas y la transmitían al picar a las personas.

La peste tiene diversas variantes, siendo la llamada peste negra una de las más extendidas por Europa. Se llama negra por las placas oscuras que salen en el cuerpo, además de voluminosos y purulentos tumores, también llamados bubones (por eso también es conocida como peste bubónica). Su propagación seguía las rutas comerciales de los siglos XIV y XV, resultando endémica la epidemia. En 1503 ya hubo una primera epidemia en Santander, y en 1596, el Rodamundo, un barco de la Armada Real procedente de Flandes trajo de nuevo la peste bubónica, que acabó con dos tercios de la población. De Santander se extendió por toda España.

Cuando se declaraba la peste en algún lugar, éste era aislado cerrando las puertas de las murallas e impidiendo la entrada y salida de personas, animales, mercancías, etc. En las casas contagiadas se tapiaban puertas y ventanas. La gente hacía todo lo posible para erradicar la peste: hogueras con plantas aromáticas, echar vinagre por las calles, quemar las ropas, enseres y casas de los afectados, etc.

Como los recursos médicos de la época eran muy rudimentarios y no solucionaban el problema, la gente acudía a la intervención divina suplicando la intercesión de los santos, ya que determinados santos tenían fama de ser eficaces en estos casos. En época medieval también era costumbre acudir primero a los santos patrones del lugar. El primer santo al que recurrieron las buenas gentes de Santander fue San Sebastián, que tenía una ermita dedicada en lo que actualmente es la cuesta de la Atalaya, ya que su intercesión curó la pestilencia que se desató en Lombardía en el siglo VIII. También se recurrió a San Roque, que cuidó a enfermos y apestados en el siglo XIV y era muy venerado por toda Europa.

Altar dedicado a San Matías en la girola de la Catedral

Pero viendo que la peste no remitía, los lugareños, desesperados, se dirigieron a los Doce Apóstoles, por ser los santos de mayor jerarquía, y esperaban que la Divina Providencia fuera quien designara al que habría de librarles de la peste. Para determinar a qué apóstol encomendarse, durante una misa mayor pusieron en el suelo doce velas del mismo tamaño, que fueron encendidas al mismo tiempo, delante de doce figuras que representaban a los Doce Apóstoles, mientras rezaban arrodillados delante de las mismas. Cuando se apagaron todas las velas menos una, se levantaron ansiosos por ver a qué apóstol correspondía la única vela que seguía encendida, siendo éste San Matías. En ese momento los lugareños, el Prior, el Cabildo y todas las autoridades se dirigieron a un altar en el que había una gran imagen de San Matías donde rezaron y adoptaron por unanimidad un solemne acuerdo con diversas cláusulas que dieron lugar al llamado Voto y Capitulaciones de San Matías.

Una de las cláusulas del Voto establece que ese año, y todos los años venideros, se celebrara una solemne procesión el día de la onomástica del Santo (14 de mayo) a la que estaban obligados a acudir todos los habitantes de la población. La procesión la abrían los Merinos (ejecutores de la justicia) de la villa. A continuación iba la gran Cruz procesional de plata seguida por el Clero, que portaba la imagen de San Matías y las reliquias de la Catedral, el Ayuntamiento y el pueblo llano, que portaba velas encendidas. La procesión recorría las calles y terminaba en la Catedral con una misa mayor.

En la actualidad se siguen celebrando la procesión y la misa, pero la procesión tiene lugar en el claustro de la Catedral.




miércoles, 24 de abril de 2019

Un poco de historia (LXXVIII)

La alameda de Cacho

La alameda de Cacho, o Jardines de San Roque, tiene su origen en el siglo XIX, en un terreno que había entre la avenida de los Hoteles y el que entonces se llamaba popularmente "paseo de coches" (actual avenida de Los Infantes), y que fue donado al Ayuntamiento por su propietario, Celestino Cacho (la famosa Fuente de Cacho se encuentra en terrenos que antes formaban parte de su propiedad). Dicho terreno fue plantado de pinos a mediados del siglo XIX, y su parte inferior fue objeto de varias actuaciones urbanísticas a principios del siglo XX, como consecuencia de la edificación de pequeños chalets, aunque la urbanización se limitó a poco más de las aceras de las dos avenidas que limitan dicho espacio, que sucesivamente fue plantado de árboles de muy distintas especies: plátanos, olmos, fresnos... Fue después de la Guerra Civil cuando el Ayuntamiento acomete la urbanización de la alameda, según un proyecto del arquitecto municipal Ramiro Sainz Martínez (1887-1974), autor también del diseño original.

Alameda de Cacho (1868)
Alameda de Cacho (1927)

El proyecto se desarrolló a base de terrazas escalonadas descendentes que, con la iglesia (obra también de Sainz Martínez) presidiendo el conjunto y la escalinata delante del templo, bajan hacia la alameda y el mar, que se contempla al fondo y hacia el que se camina atravesando varias plataformas, en la primera de las cuales hay un auditorio en forma de concha y una pequeña fuente alimentada por el manantial natural que circula por el subsuelo.

Como se puede leer en el informe municipal empleado para la gran reforma que el Ayuntamiento va a realizar en El Sardinero, entre este año y el siguiente, "la obra del conjunto es brillante pues solucionó el desnivel sacando mucho partido al mismo y con recursos muy elementales, condicionados seguramente por las penurias económicas de la posguerra". 

 Reforma de la alameda de Cacho (1945)

En la construcción de la alameda de Cacho no se utilizaron costosos muros ni materiales exóticos. Mandaba la época, la posguerra, por lo que se utilizaron piedra de mampostería caliza de Escobedo, cayuelas, sillares y losas de Brañosera, y bordillos de hormigón prefabricado en la cantera municipal. Los caminos se hicieron a base de tierra compactada y guijo. Todo ello, y el cuidado de las plantas y setos originales, daba al lugar un aspecto afrancesado, una elegancia que se quería para El Sardinero.

jueves, 28 de marzo de 2019

Un poco de historia (LXXVII)

La plaza de Pombo

A principios del siglo XIX, cuando ya estaba en marcha el ensanche de la ciudad hacia el este y se trazaban las calles del llamado Barrio Nuevo, Agustín de Colosía, encargado del proyecto al sustituir al ingeniero Llovet, diseñó una gran plaza tan larga como dos manzanas de casas del Muelle. El proyecto original de 1821 establecía que las casas con fachada a la plaza tuvieran arcos abiertos en su parte baja para crear una plaza con arcos en todo su perímetro, incluyendo la parte trasera de las casas del Muelle, para así tener un paseo cubierto. Esto nunca se llevó a cabo, aunque en la parte trasera de algunos edificios del paseo de Pereda se pueden ver los arcos. Sin embargo, entre Colosía y el Ayuntamiento surgieron problemas debido al tamaño de la plaza, pues el Ayuntamiento consideraba que era pequeña y, después de un pleito de varios años, fue el Ayuntamiento quien continuó con el proyecto del ensanche mientras que Colosía se encargó de los muelles.

 Calle Ataúlfo Argenta. Arcos en la parte trasera de los números 15, 16 y 17 del paseo de Pereda

Para aumentar el tamaño de la plaza, algunos propietarios cedieron terrenos al este y al oeste de la misma con la condición de que fueran destinados al esparcimiento público y nunca se construyera en ellos. En 1845, los empresarios José María Botín y Jerónimo Regules solicitaron al Ayuntamiento poder construir una casa en la plaza. En 1858 Juan Pombo construyó un edificio al oeste de la plaza, que fue destruido por un incendio en 1880, año en el que construyó, en el mismo solar, el conocido Palacio de Casa Pombo, sede del Real Club de Regatas. En 1862 el Ayuntamiento concede a Rafael Varona y Antonio Redonet autorización para construir a partir del edificio de Botín y Regules. En 1867 quedaba terminada la plaza.

En 1886 se construye en el centro de la plaza un templete para la música iluminado por faroles de gas. La plaza pasó a ser un elegante lugar de paseo, reunión y esparcimiento muy concurrido. Durante la Guerra Civil los arcos de Botín fueron cerrados con sacos terreros para usarlos como refugio antiaéreo. En 1915 es instalado en la plaza el monumento a Velarde ya que en la plaza de la Dársena, donde estaba, se iba a construir el edificio de Correos. Estuvo en la plaza hasta 1946, cuando es trasladado a la nueva plaza de Velarde.

Plaza de la Libertad (1907)
Plaza de la Libertad (1921)

En la foto superior de 1907 se puede ver, a la izquierda, en la calle Calderón (actual calle Ataúlfo Argenta), la vía por la que entraba el tren de Gandarillas, y en la parte superior derecha, dos de las cuatro torres del Banco Mercantil rematadas por las desaparecidas águilas de bronce.

Plaza de la Libertad (1937)

Durante la reconstrucción de la ciudad después del incendio de 1941 en la plaza se pusieron algunos de los barracones en los que se instalaron comerciantes que perdieron sus locales. En los años 60 se construyó una pista de balonmano en la que jugaron varios equipos de la ciudad de distintas categorías. Uno de esos equipos acabó siendo el recordado Teka, que fue campeón de Europa en 1994, entre otros muchos títulos que ganó, tanto nacionales como internacionales. Unos baños públicos que había bajo la pista se convirtieron en vestuarios y también se construyó una pequeña grada.

Partido de balonmano en la plaza de José Antonio (años 60)

En la plaza, frente al Club de Regatas, había un estanco en un pequeño kiosco de madera que actualmente está situado frente al Club Marítimo, y una relojería en un pequeño local. Junto a la pista de balonmano estuvo una de las mejores churrerías que ha habido en Santander.

Con los años, y como todas las calles que rodeaban la plaza estaban abiertas al tráfico, la zona era un caos. En 1988 la plaza sufrió una gran transformación al ser levantada para construir el aparcamiento subterráneo. Para mejorar la plaza, se peatonalizaron un tramo de la calle Hernán Cortés y las pequeñas calles transversales. En 2008 la plaza sufrió algunas reformas debido a las obras de mejora realizadas en el aparcamiento subterráneo.

Plaza de José Antonio (años 70)

Cuando en el siglo XIX empezaron las obras de la plaza la intención inicial era llamarla Plaza de la Constitución, pero no pudo ser porque así se llamaba la plaza Vieja. En 1845 recibe el nombre de Plaza de Isabel II, pero en la Revolución de 1868 le fue cambiado el nombre y pasó a llamarse Plaza de la Libertad. En 1937 vuelve a cambiar de nombre y pasa a llamarse Plaza de José Antonio Primo de Rivera, nombre que conservó hasta abril de 2001, cuando recibió al actual nombre de Plaza de Pombo, el nombre popular con el que siempre fue conocida en Santander. También es conocida como la plazuela de Pombo.


Un poco de historia (LXXVIII). La alameda de Cacho
Un poco de historia (LXXVI). La calle Castelar



viernes, 22 de febrero de 2019

Un poco de historia (LXXVI)

La calle Castelar

En 1885, a medida que la ciudad se iba expandiendo hacia el este y coincidiendo con la pronta finalización de la dársena de Puertochico, el urbanista Alejandro del Valle presenta un plan para construir tres nuevas calles que serían prolongación de las calles Calderón, General Espartero y Peñaherbosa. Así, quedaría una calle comercial frente a la dársena, otra como camino a El Sardinero y la tercera, más al norte, como camino al barrio de San Martín.

Puertochico (1884)

Así describía el plan las calles Castelar y Juan de la Cosa: "Atendida la gran importancia que es de esperar alcance la calle del norte de las construcciones, porque se presta perfectamente para que en el porvenir sea la carretera de la costa, debe ser aquélla tratada como avenida de primer orden y al efecto, cuanto mayor sea su latitud mayor será su importancia y mejor responderá a su utilidad, o sea de 16 metros (ocho para el arroyo), con sus andenes plantados de árboles. La calle posterior a la segunda línea de construcciones, o sea, el límite del Ensanche, deberá sujetarse a una latitud constante de diez metros, tomando su referencia la cerca nueva de la posesión de don Isidro Castanedo y los edificios últimamente levantados, pero cuidando de no repetir el quebrado en las alineaciones y rasantes de la calle de San Martín".

Este plan era considerado "la primera y mejor solución de la vía al Sardinero" ya que presentaba menos obstáculos y se preveía que la diferencia de nivel en el comienzo de las dos primeras calles proyectadas, Castelar y Juan de la Cosa, "no constituía obstáculo para el movimiento rodado".

Calle Castelar y dársena de Puertochico (1914)
Calle Castelar y dársena de Puertochico (años 20)


La calle Castelar se trazó como un amplio andén con jardines bajos y alameda, paralela a la cual discurría la carretera de servicio del puerto. En el centro de la alameda estaban la Comandancia de Marina y el despacho de los Prácticos del Puerto, hasta que en 1949 el Ayuntamiento hizo una permuta y la Capitanía fue trasladada al muelle de Maliaño, donde sigue actualmente. La calle terminaba junto a la fábrica de gas. Hasta ahí llegaban las líneas de los tranvías a Peñacastillo y a El Astillero. El tranvía a El Sardinero, al llegar a Molnedo seguía por la calle Juan de la Cosa.

Al inicio de los años 50 el Ayuntamiento negocia con la Compañía Española de Electricidad y Gas Lebón la compra de una parte de sus terrenos para prolongar la calle Castelar hasta la avenida de Reina Victoria. Este tramo de la calle es conocido popularmente como la Cuesta del Gas.

Calle Castelar y dársena de Puertochico (años 60)

La última gran reforma de la calle tuvo lugar a inicios de siglo, cuando empezaron las obras de construcción del aparcamiento subterráneo, inaugurado en julio de 2002.

La calle recibió su nombre actual en julio de 1899, después de la muerte de Emilio Castelar (1832-1899), eminente político del siglo XIX que presidió la Primera República entre 1873 y 1874. También pasó a la Historia por su elocuente oratoria.


Un poco de historia (LXXVII). La plaza de Pombo
Un poco de historia (LXXV). El barrio de San Martín y la calle Juan de la Cosa