miércoles, 15 de octubre de 2014

El incendio de Santander (IV)

Las consecuencias


Una vez apagadas las llamas, se procedió a valorar las pérdidas y los daños sufridos. Según las cifras oficiales que se hicieron públicas fueron estos:

  • 377 edificios particulares.
  • 2 edificios oficiales.
  • 6 iglesias y conventos.
  • 1.783 viviendas.
  • 508 comercios.
  • 155 hoteles, pensiones y bares.
  • 21 clínicas.
  • 9 imprentas.
  • 3 periódicos.

La zona histórica de la ciudad quedó totalmente destruida, viéndose afectadas 37 calles de las más antiguas de la ciudad que abarcaban una superficie de 14 hectáreas. El valor material de las pérdidas sufridas ascendió a más de 85 millones de pesetas de entonces. Más de diez mil personas (un 10% de la población) perdieron su hogar y unas siete mil perdieron, además, su trabajo. Pese a la magnitud de la catástrofe, sólo hubo que lamentar una víctima mortal: Julián Sánchez García, un bombero de Madrid, como consecuencia de las heridas ocasionadas por el derrumbe de una fachada de la calle Atarazanas. Falleció en Valdecilla a principios de marzo y todo Santander, sobrecogido, acompañó su cadáver a la Estación del Norte. Además hubo 115 heridos y unas mil personas tuvieron que ser atendidas por conjuntivitis en la Casa de Socorro y en Valdecilla.

El haber salido de una guerra, la situación política, social y económica y el estricto orden público de la época en España, el que Europa estuviera en guerra, provocaron que la gente no se entregara al saqueo ni a la desesperación, ni siquiera a manifestar dolor; por el contrario, mostraba un talante silente y patético.

A medida que el fuego iba avanzando, las calles se llenaron de gentes obligadas a abandonar sus hogares con las pocas pertenencias que podían coger y que, según en qué dirección avanzara el fuego llevado por el viento, se refugiaban en calles cada vez más alejadas de sus hogares. Algunas fueron acogidas en casas de familiares o amigos, mientras que las más afortunadas pudieron volver a sus casas salvadas por los cortafuegos y el agua. Quienes no pudieron, fueron trasladados a cines, colegios, hoteles, etc., fuera de la zona siniestrada. Muchos fueron trasladados a El Sardinero, a las Caballerizas de La Magdalena, al Gran Casino y a los hoteles de la zona.



En la foto que abre este artículo se puede ver la Plaza de los Remedios llena de refugiados. En la primera foto superior se ve a una familia con los enseres que pudieron salvar, y en la segunda foto se ve a otra familia refugiada en el Gran Casino de El Sardinero.

Como el viento había dejado sin tejado a muchos edificios, tirado chimeneas y dejado al descubierto estructuras de madera, como medida de seguridad se prohibió encender las cocinas a los vecinos de toda la ciudad. También, la Dirección General de Seguridad anuló los salvoconductos y prohibió a cualquiera ajeno a la ciudad entrar en ella con alimentos y ayuda. Con esto se pretendía que el orden y la disciplina con la que se realizaban los trabajos se vieran perturbados, así como evitar los saqueos y la especulación.

El Gobernador obligó a los propietarios a reparar los tejados, subidas de humos y chimeneas en el plazo de 48 horas, para lo que mandó incautar las tejeras La Covadonga, Trascueto y Agustín García. El jueves 20 llegaron las primeras cocinas de campaña, que distribuyeron las primeras comidas calientes entre los damnificados.



El sábado 22 se restableció el servicio de tranvías entre el Banco de Santander y El Sardinero, se autorizó a los bares a abrir hasta las nueve y media de la noche y los vecinos pudieron transitar por las calles no afectadas hasta las diez. El domingo se abrió al tránsito la calle Atarazanas, quedando comunicadas las dos partes en que la ciudad había quedado dividida. Las cocinas empezaron a poderse encender a partir del día 25.

En las dos fotos superiores puede verse al tranvía circulando por la calle de La Ribera.



Estas fotos muestran la calle Atarazanas y la Plaza de Farolas.



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